Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—No; no era divertido. Uno no podía menos de asombrarse a veces… Me acuerdo que una noche estalló a mi lado una granada de fósforo. La explosión me arrojó a unos metros; cuando volví la cabeza descubrí un espectáculo extraño Un trozo de fósforo blanco se había incrustado en el vientre de un soldado y ardía lanzando llamaradas blancas, mientras que el otro daba gigantescos saltos en el aire, intentando arrancarse los intestinos que se abrasaban lentamente en ese agujero luminoso que tenía bajo el estómago.

—Deben haber visto muchas cosas “allá” —arguye pensativo Erdosain.

El gaseado aprieta cada vez más fuertemente las solapas del capote aceitado sobre su pecho. Dice:

—El instinto de la guerra está hasta en los niños.

Erdosain se da una palmada en la frente. Recuerda las fortalezas de barro que derribaba con cañonazos de pedradas. Caviloso, comenta:

—Usted tiene razón. Pero al niño le atrae la poesía de la guerra.

El gaseado se ajusta el cinturón que sostiene la pistola Mannlicher. Tose un poco ahora. Evidentemente, el hombre no se siente bien. Los labios se le tiñen de violeta. Sus pómulos parecen vaciados en cera. Mira con ansiedad su aparato de contragás.


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