Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Perdoname, pero no te deseo. Vos lo que debías hacer es casare con un hombre respetable.
El demonio de la Crueldad se apodera vertiginosamente del alma de Remo. Erdosain tiene que morderse los labios y hacer un tremendo esfuerzo de voluntad para no decirle a la doncella: “Cierto… Vos debías casarte con un hombre respetable que usara calzoncillos de franela y que antes de irse a dormir, para evitar los resfríos, se pusiera vela de baño en las narices”. Sin embargo, alcanza a dominarse, tratando de fingir un continente grave; pero la ironía escapa alegremente por sus ojos.
Luciana se viste en silencio. En su rostro, blanco como su camisa, los ojos relampaguean. Erdosain comprende la tempestad que en el silencio de ella se desencadena, y por fin, haciendo un esfuerzo tremendo, domina a su demonio interior. Y se excusa.
—Querida Luciana, perdoname, pero no te deseo.
La doncella, enrojecida, termina de vestirse. Antes de salir, se detiene un instante frente a Erdosain, lo mira de tal manera que parece que sus ojos van a estallar de luz… y luego, estremecida por un sollozo que retiene entre sus dientes, abre la puerta y se va.