Los Lanzallamas

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La mirada de Erdosain se hace cada vez más penetrante y fría. Por sus ojos resbalan unos rieles dorados de sol, un trozo de llanura verde y el viento envuelve en la garganta de una chiquilla unos tibios rulos negros. Remo sonríe y dice infantilmente:

—Efectivamente… Sos linda, Luciana.

Se acerca tranquilamente a la doncella, le pasa la mano por el cabello y remurmura:

—Sos linda… ¿Por qué no te casás?

Un golpe de pudor le devuelve la conciencia de la realidad a Luciana. Salta del sofá y se envuelve precipitadamente en su ropa. Erdosain se apoya nuevamente en el canto de la mesa, la observa y le repite casi sardónico:

—Sos linda. Debías casarte…

Y tiene que morderse los labios para no soltar una carcajada. Acaba de ocurrírsele la siguiente pregunta: “¿Qué diría doña Ignacia sí entrara en este momento y la viera a Luciana desnuda? Pondría el grito an el cielo. Exclamaría: ¿Y usted, desvergonzado, era el que se indignaba de que esa inocente estuviera con la mano en la bragueta de un hombre? ¿Usted, que recibe mujeres desnudas en su cuarto? Menos mal que ha ido a misa, a encomendarle su alma al diablo”.

Con vergüenza urgente, Luciana se viste Evita la mirada de Erdosain. Los labios le tiemblan de indignación. Erdosain continúa:


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