Los Lanzallamas

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Y de un tirón que da en su bata descubre la blanca comba de los senos. Erdosain la contempla, inmóvil. El vestido se atorbellina y cae en redor de las piernas de la doncella. Su camisa, sostenida por un brazo, traza un triángulo oblicuo sobre su cabeza. La blancura lechosa de sus amplias caderas colma el cuarto de una grandeza titánica. Erdosain mira sus redondos senos, de pezones rodeados de un halo violeta y un mechón rubio de cabellos que escapa de su sexo, entre las rígidas piernas apretadas, y piensa: “Sólo un gigante podría fecundarla”.

Luciana se recuesta en el sofá, manteniendo unidas las piernas, y un pie sobre otro. La redondez lateral de un seno se aplasta en el brazo encogido, en cuya mano apoya medio rostro. La rojidez de su rostro degrada sucesivamente en una palidez que convierte en más morados sus labios flojos. Entorna los ojos hacia el rulo bronceado que escapa de su bajo vientre, y dice:

—Mirame. ¿Sabés cuántos años hace que todos los ojos de los hombres que pasan me desean? Quince años, Remo. Mirame. Hace quince años que me desean todos los ojos de los hombres. Y vos sos el primero que me ve desnuda. Yo también estoy tranquila para vos.

Erdosain permanece de pie, apoyado en el canto de la mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Me he desvestido para hacerte el regalo de mi cuerpo. No quiero que sigas sufriendo.


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