Los Lanzallamas
Los Lanzallamas El Demonio de la Química ha salido del infierno, anda suelto entre los hombres, les susurra tentador su secreto a los oídos, y ellos gozosos, a la noche, mientras que la mujer desvistiéndose, muestra el trasero en el espejo del ropero, dicen: “Estamos contentos; hay que ver cómo progresa la arquitectura atómica de ese gas”.
—Dígame, señora, si no dan ganas de hacer saltar el planeta. ¿Sabe lo que escribió un químico? Parece mentira. Sólo Satán podía escribir algo semejante. Oiga bien, señora. Escribió ese señor, que es un sabio: “Desde el punto de vista químico y fisiológico, el mecanismo de la acción del cloro es digno del mayor elogio, pues le substrae a los tejidos de las substancias orgánicas el hidrógeno, generando compuestos nocivos”. ¿Se da cuenta, señora? Dígame si ese hombre no merecía que lo ahorcaran… Pues no, está al servicio de la Bayer…
De pronto Erdosain mira en redor y se siente aplastado por lo ridículo de la comedia humana. Está disertando de gases con una menestrala y su hija. Siente deseos de lanzar una carcajada, y acercándose bruscamente a la Bizca le toma el labio inferior entre los dedos, lo entreabre, como haría con el belfo de una yegua, y examinándole la boca rezonga malhumorado:
—Tenés que lavarte los dientes.
La bisoja protesta: