Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —No me gusta… se me lastiman las encías.
—Usted debe obedecerlo a su novio —ordena seca doña Ignacia.
Pasa el mate de una mano a otra. Doña Ignacia, apoltronada en su sillita, se arranca las pringosas hilachas de las zapatillas con los mismos dedos que forzaba a los terrones de azúcar a entrar en el mate.
Remo se restrega la frente donde hay un amago de neuralgia. Dice:
—Vestite que saldremos. Tengo la cabeza como un cencerro.
Doña Ignacia repuso:
—Me parece muy bien, porque como usted siga así se va a enfermar.
Erdosain mira sorprendido a la mujer. Ha descubierto una inflexión de cariño en su voz, y su corazón late durante un minuto más apresurado.
—Vayan a tomar fresco. Qué es eso de pasarse el día encerrado como un preso. No tiene que estudiar tanto, ¿para qué? El mundo seguirá siempre lo mismo, hijo. Movete, hija… acompañalo a tu novio.
—¿Estás apurado, querido?… porque si no me lavo la cara.
—Es lo mismo… ponete un poco de polvo. Ya está oscureciendo.
70 Nota del comentador: Obsérvese que esta novela transcurre a mediados del año 1929.