Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Así, cuando dijo: “¡Oh, oh, los jóvenes!”, sus ojos se inflamaron de sincero entusiasmo; luego, con una mueca dura, desvió su entusiasmo, y deteniéndose frente a ellos cortó secamente la conversación:
—Importa poco que me crean o no. Eso tendrá que venir. Lo impondrán millones de jóvenes.
Con aspecto de hombre fatigado se dejó caer en el sillón forrado de terciopelo. Calló, reposando con expresión abstraída de su excitación anterior. Parecía un boxeador en un intervalo del combate. Las manos abandonadas sobre las piernas, las mandíbulas ligeramente colgantes, los ojos enneblinados. Permaneció así algunos minutos. Una voz sin sonido murmuraba en sus oídos: “No se puede negar que sos un hábil comediante”. Mas como el Astrólogo sabía que sus manifestaciones eran sinceras, desechó las palabras de la voz y dijo:
—Aunque todo en nosotros estuviera contra la sociedad secreta, debemos organizarla. Yo no insisto que debe ser en ésta o aquella forma, pero a toda costa hay que infiltrarla en la humanidad. ¿Se dan cuenta qué hipócrita es uno? Digo infiltrarla, cuando debería decir: “Debemos hacer que resplandezca nuevamente una sociedad o un orden cuyo único y rabioso fin sea la busca de la felicidad”.
Hipólita levanta la cabeza, deja de mover con los dedos una borla de su vestido, y lanza una pregunta extemporánea: