Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —La verdad es ésta: yo no llevo en mà la extrañeza de vivir. Todos nosotros, los hombres viejos, hemos andado en la vida sin la extrañeza de vivir, es decir, como si estuviéramos acostumbrados desde hace muchos siglos a las presentes maneras de vida planetaria. Los jóvenes, en cambio: usted, Erdosain… Hipólita no se cuenta, porque es un alma vieja; usted, Erdosain y otros, no se habitúan a las cosas y al modo que están dispuestas. Quieren romper los moldes de vida, viven angustiados, como si fuera ayer el dÃa en que los echaron del ParaÃso. ¡Ejem!… ¿qué me dicen ustedes del ParaÃso? No importó que ellos piensen barbaridades. Hay una verdad, la verdad de ellos; y su verdad es un sufrimiento que reclama una tierra nueva, una ley nueva, una felicidad nueva. Sin una tierra nueva, que no hayan infestado los viejos, esta humanidad joven que se está formando no podrá vivir.
Hipólita y Barsut estaban suspendidos de lo que decÃa el Astrólogo, porque éste no los miraba y sà hablaba con lentitud, como si escuchara el dictado de un fantasma detenido junto a su oreja derecha. Incluso seguÃa un ritmo, y con una atención determinada. A veces se le iluminaba el semblante, como si en el fondo de su espÃritu estallaran luces de bengala.