Los Lanzallamas
Los Lanzallamas »Las andanzas de Bromberg fugitivo son enormes. Trabajó en todos los oficios; incluso llegó a ser lavapisos en un centro espiritista, donde yo lo conocí. Su naturaleza, desequilibrada por tantos percances, pero conservando una primitiva ingenuidad, se volcó de lleno para secundar mis proyectos…
»Pero… caramba, amiga mía. Usted ha perdido el tren. ¿Quiere quedarse a dormir aquí?
Hipólita comprendió. Se dijo: “No me equivocaba. Este demonio quería ganar tiempo”. Envolvió al Astrólogo en una mirada de abanico, y sonriendo con dulzura solapada repuso:
—Yo preveía que iba a perder el tren. ¡Cómo no! Me quedaré a dormir.
Barsut se levantó, perezoso. Su frente estaba más arrugada que de costumbre. Dijo:
—Tengo sueño. Hasta mañana ―y salió. Silenciosamente, perdido entre los árboles del jardín, lo seguía descalzo el hombre que vio a la partera.
Cuando quedaron solos, el Astrólogo, repentinamente grave, masculló:
—¡Cuánto tiempo nos ha hecho perder ese imbécil! Venga, amiga, nosotros tenemos que hablar.
Y se encaminó hacia el cuarto de los títeres. Sonriendo displicentemente, lo siguió Hipólita.