Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Si al amanecer del día lunes hubiera estado colocado un espía en la puerta de la esquina, a las cinco y media de la madrugada, habría visto salir a una mujer, cubierto el rostro de un velillo bronceado, y arropada en un tapado color de madera. La acompañaba un hombre.
Ella se detuvo un instante frente a la portezuela de madera, iluminada por la claridad azul del amanecer. El Astrólogo la contemplaba con inmenso amor. Hipólita avanzó hacia él, y tomándole por los brazos con sus manecitas enguantadas le dijo:
—Hasta mañana, querido superhombre —y acercó la cabeza.
El la besó con dulzura, sobre el velo, en los labios, y la mujer echó a caminar rápidamente por la vereda de ladrillo, humedecida por el rocío nocturno.
76 Lunfardo. Lo mira. (N. del Rev.)
77 Confusión, desconcierto. (N. del Rev.)