Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Leía continuamente Los Hechos, deleitándose en los trabajos de Pablo y la atención que le prestaban los ciudadanos griegos, e indignándose contra las acechanzas de que le hacían víctima los judíos, sirios y macedonios. Los naufragios en tierras bárbaras y la predicación del antiguo gentil eran como un espejo donde él veía reflejarse sus trabajos futuros. En esta época no demostró deseos algunos de verla a Hipólita. Se refería a ella como a una desconocida. Alternaba su tiempo estudiando la Biblia y meditando entre los salvajes canteros de la quinta. El jueves a la tarde le dijo al hombre que vio a la partera:

—Tengo que salir a predicar. Hace varias noches he tenido una visión singular por lo simbólica y profética. Yo me encontraba en la azotea de la casa de gobierno, en compañía de un ángel amarillo. Este detalle es importante, porque lo amarillo es manifestación de peste, guerra, desolación y hambre. Sin embargo, a pesar de encontrarme en la azotea de un edificio tan alto, los techos de las casas no eran visibles. La ciudad íntegra estaba cubierta de agua azul. El agua no se movía, sino que estaba quieta hasta el horizonte. De pronto, del río comenzaron a saltar grandes pedruscos en el aire, y el ángel, mirándome, me dijo: “¿Ves?… Va a aparecer un nuevo continente”.

Bromberg entreabrió los ojos como platos, y dijo:


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