Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—Es posible que usted haya visto eso. Yo he estudiado las Escrituras, y tengo una interpretación nueva de la Nueva Iglesia de Jesús.

El farmacéutico giró torvamente su perfil de gavilán, y respondió casi envidioso:

—Todas ésas son pamplinas. ¿Qué sabe usted de la Nueva Iglesia?

El otro se alejó.

A Ergueta le irritaba ceder a los impulsos de su vanidad, confiando a extraños sus verdades tan caras. ¿Por qué comunicaba a los otros sus secretos? ¿No era aquélla una vanidad de falso profeta, que busca admiradores de su sabiduría? Además, a medida que estudiaba la vida de Pablo descubría curiosas singularidades entre su existencia y la del otro. Reproducía las peripecias que el apóstol había pasado en el mar al dirigirse a Creta en compañía del centurión Julio, su vigilante, como el judío Bromberg lo era de él. Y se decía:

—¿Qué es lo que me falta para parecerme a Pablo? Él fue iluminado en el camino a Damasco, yo en el Hospicio de las Mercedes. El estuvo prisionero en Cesárea, yo lo estoy aquí, en Temperley. A él lo interrogó Agripa, rodeado de sutiles rabinos, y a mí, el director de un manicomio, rodeado de médicos y letrados soberbios que no conocen una palabra de las Sagradas Escrituras…


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