Los Lanzallamas
Los Lanzallamas No podía menos de sentirse edificado y agradecido a la Providencia, que de tal manera lo singularizaba entre sus semejantes.
La lectura de los naufragios del apóstol en costas ásperas y duras, pobladas de hombres barbudos e idólatras, encendía su recogimiento. Después de meditar los capítulos de los Hechos, las noches silenciosas e inmensas de la antigüedad romana entraban a sus ojos. Comprendía la sequedad de los desiertos judaicos, donde otros profetas sucios como porqueros realizaban trabajos de profecía, y nada asemejaba al goce que experimentaba a aquel que cuando se contemplaba en un arenal, predicando a hombres y mujeres vestidos con traje de calle, de la proximidad de un cataclismo que oscurecería el confín del mundo, y del advenimiento del día del juicio postrero.
Incluso gozaba en andar en alpargatas, pues pensaba que era más lícito a un predestinado a la profecía el usar alpargatas que calzar botines. Le constaba que los hombres del Viejo y Nuevo Testamento se alimentaban de langostas resecas y andaban descalzos, de manera que su sacrificio actual era nimio. Pequeño placer que se sumaba a la indulgencia y felicidad que le proporcionaba el secreto de su actividad.