Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Dormía poco. De noche bajaba al jardín, y arrastrando sus zapatillas en los caminos húmedos de rocío pensaba largamente. Los canteros y la hojarasca animaban con manchas de betún la oscuridad menos densa, semejantes al ganado dormido. A Ergueta le parecía abrirse espacio entre cortinas de silencio; más atrás dormían los hombres sacudidos por pasiones terrestres, y él, al pensar en su fortaleza y en las palabras que Jesús le había comunicado, levantaba lentamente los ojos a las estrellas, impregnado de agradecimiento.

A veces despertaba de un ensueño, rodeado de un círculo de sapos. Los astros en la altura cavernosa movían sus párpados de plata. El vertiginoso petardeo de un automóvil cruzaba el camino; luego el silencio tornábase más profundo, y él retornaba a evocar la figura de Pablo predicando en Éfeso, rodeado de ancianos, de amarillo cráneo y larga barba. Los sapos se alejaban con pesados saltos en torno de él y Ergueta, cayendo de rodillas, juntaba sus manos sobre el pecho y rezaba silenciosamente.

—¿Qué es lo que tengo que hacer, Señor? Ya ves, he renunciado a mi mujer, a mis bienes, a todo. ¿Qué es lo que debo hacer? ¿No ha llegado para mí la hora de predicar todavía?


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