Los Lanzallamas

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Otras veces pensaba que su misión debía comenzar comentando la palabra divina en los parajes de perdición. Entraría a cualquier cabaret de la calle Corrientes, y como aquélla era gente poco familiarizada con el lenguaje de las Escrituras, les diría así:

—¿Saben a qué vino Jesús a la tierra? A salvar a los turros84, a las grelas85, a los chorros86, a los fiocas. El vino porque tuvo lástima de toda esa “tuerza” que perdía su alma entre copetín y copetín. ¿Saben ustedes quién era el profeta Pablo? Un tira, un perro, como son los de Orden Social. Si yo les hablo a ustedes en este idioma ranero es porque me gusta… Me gusta como chamuyan87 los pobres, los humildes, los que yugan88. A Jesús también le daban lástima las reas89. ¿Quién era Magdalena? Una yiranta90. Nada más. ¿Qué importan las palabras? Lo que interesa es el contenido. El alma triste de las palabras; eso es lo que interesa, reos.

El hombre que vio a la partera buscaba tenazmente la compañía de Ergueta. Se burlaba de él, porque envidiaba su sabiduría de los textos sagrados. Pero, de pronto, la admiración sucedía a la envidia, y la atmósfera agria que subsistía entre los dos hombres se evaporaba por un instante.

El viernes a la noche se entabló entre ellos el siguiente diálogo. Lo escuchó Barsut, que, sentado en el tronco de un árbol, cavilaba sus problemas.


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