Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Dijo Ergueta:

—Iré a la montaña a meditar treinta días, como Jesús. Es seguro que vendrá el Demonio a tentarme como fue a tentarlo al Hijo del Hombre, pero yo resistiré… Sí, resistiré, porque he renunciado a todo. Luego predicaré treinta días, y después moriré apedreado.

—Mas… ¿cómo se va a tratar en la montaña esa vieja blenorragia que tiene?

—¡Que me cure Dios!… Mí enfermedad es tan vieja ya, que sólo Dios puede curarme. Y en él confío. Y si no me cura, será prueba de que debo continuar sufriendo para purgar todos mis pecados.

Bromberg miró azoradamente en redor; luego, tragando saliva, repuso débilmente, casi con ansiedad:

—En ese caso, podría acompañarlo yo también a la montaña. Tendríamos cabras y gallinas; yo cuidaría la huerta mientras que usted estudiaba la Biblia.

Dijo, y quedóse mirando el azul negro del cielo, suavizado repentinamente en azul de agua. La cúpula de un eucalipto se teñía de acerada fosforescencia violeta. Ergueta objetó:

—La Biblia no se estudia. Se interpreta por gracia divina. ¿Y usted entiende de criar gallinas? 

—Sí.

—¿Y cuántas necesitaríamos para vivir nosotros?


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