Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Más o menos doscientas gallinas. Además, llevarÃamos dos cerdos y una vaca; asà tendrÃamos carne, leche y huevos. Si nos instaláramos cerca de un rÃo, podemos pescar.
Ergueta guiñó un párpado y objetó:
—SÃ, pero de esa manera no se va a la montaña ni al desierto a hacer penitencia. Los profetas vivÃan en la soledad de hierbas, langostas y raÃces, y no en la opulencia.
Bromberg pasó ávidamente la lengua por sus labios resecos; luego, ansiosamente, repuso:
—Eso sucedÃa en los tiempos de Carlomagno. Hoy, un profeta puede alimentarse bien hasta que llegue el momento en que debe predicar. Además, Jesús no le ha dicho a usted que no se alimente decentemente.
—SÃ, pero tampoco me ha mandado que me trate a cuerpo de rey. Por otra parte, este asunto carece de importancia. Eran los fariseos los que se detenÃan en tales detalles de práctica, que Jesús despreciaba. Nosotros meditaremos las Escrituras. Yo haré penitencia en alguna caverna.
Croaban dulcemente las ranas de un charco próximo, pero Ergueta no las escuchó, moviendo los brazos en lo oscuro. Bromberg se apartó dos pasos de él; luego, como si comunicara un secreto, reflexionó: