Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Ahora iban y venÃan indiferentes a la oscuridad de abajo y a las estrellas altas. Una fragancia grasienta brotaba de la vegetación humedecida por el rocÃo de la noche y parecÃa ascender hasta arriba para velar el cenit de una tenue vaporización de ceniza. Barsut dijo:
—Volviendo a la conversación de ayer, como le decÃa, me creo extraordinariamente hermoso.
Apartando por décima vez la rama de un sauce que le cruzaba el pecho al llegar al recodo del camino, insistió:
—Cuando menos, fotogénico. Esto en boca de otro serÃa una estupidez; en cambio yo tengo derecho a pensarlo. Además, dicha creencia ha modificado profundamente mi vida. Sé que con usted puedo hablar, porque lo creen loco…
Ergueta encendió pensativamente un cigarrillo; la lumbrarada de fósforo descubrió su hosco perfil amarillento. La sombra de Barsut saltó hasta el tronco de un álamo; se apagó la cerilla y relumbró el ascua del pitillo. Sin intentar defenderse, arguyó:
—Cuando conozcan mi obra, no creerán que estoy loco.
Barsut se encogió de hombros.