Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—¡Qué lindas mentiras inventa usted! Nadie ensucia a nadie. Además, ¿para qué quería casarse usted con una criatura de catorce años? ¿Para limpiarla de todo pecado, o para terminar de ensuciarla? Ojo, compañero. Yo leo la Biblia, pero no soy ningún gil.93 ¿Era casto usted cuando la pretendía a ella?

—No…

—Y entonces, ¿a qué hace tanto aspaviento?

Llega de la distancia el apagado graznido de un claxon. El ladrar de los perros se amortigua. La luna filtra a través de los árboles cenicientas barras de plata. Barsut se ha hecho atrás, y vacilante repone: 

—¿Sabe que tiene razón? Posiblemente… Déjeme pensar… ¿A ver? Posiblemente yo la odiara por el poder que ella ejercía sobre mí. Vea, ¿quiere que le sea sincero, pero sincero de verdad? Cuando ella me confesó que se había entregado a otro, yo la escuché sonriendo. Sentí en mi interior que no se me importaba nada lo sucedido. Pero cuando analicé lo que significaba esa indiferencia respecto a su pecado…, recién entonces empecé a odiarla. Si hubiera podido quemarla viva, la hubiera quemado.

Ergueta se ríe silenciosamente:

—Usted no la hubiera quemado viva a ella, ni aun a su retrato. Lo que pasa es que le gustan las palabras de efecto. Usted ha hecho lo que hacen todas las almas vulgares. Queriéndola mucho, empezó a odiarla.


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