Los Lanzallamas

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Se inclinó ávidamente sobre el paquete. Dejó el dinero, y tomando la pistola hizo correr el cierre en la culata del mango. Extrajo a medias el cargador. Por los agujeros de la vaina distinguió la redondez de bronce de las cápsulas. Cerró la culata, y depositando el arma sobre la mesa cogió con las dos manos los extremos del paquete. Dos pequeños fajos estaban compuestos de billetes de diez pesos; otro con cincuenta papeles de cincuenta, y el resto de la suma completado por billetes de cien pesos. Sin mirar en derredor comenzó a contar las puntas de los papeles de cien pesos. Una idea cruzó vertiginosa por su mente.

—¿No será el "paco mocho"94 éste?

Rompió los fajos. Desparramó el dinero. ¡No!… ¡Qué equivocado estaba! Aquello no era el “paco mocho”. La luz centelleaba frente a sus ojos como un Niágara incandescente. La voz interior repetía:

—¡Hollywood.!… ¡Hollywood!

Rápidamente, dedujo:

—Ese bandido ha vendido la farmacia de Ergueta. Para que no lo denuncie… Ahora me explico las venidas de Hipólita. La postergación de la reunión del miércoles. Veintitrés, veinticuatro, veinticinco. ¡Hollywood!… veintiséis… ¡Hipólita ha desvalijado al marido!… veintisiete…


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