Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Vertiginosamente estira una mano, sin levantarse del asiento, esgrime temblando frente a su pecho la pistola y apretando fuertemente los párpados, ciego, aprieta el gatillo, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces… Las explosiones se suceden con monorritmo mecánico. Aprieta nuevamente el gatillo y el percutor golpea en el vacío. Entre cada estampido Barsut esperaba sentir entrar en su vientre la fría hoja de la cuchilla. Un olor nauseabundo lo envuelve en una neblina blanca; alguien grita en sus orejas: “¡Oh! ¡oh!”, y él se desploma sobre un pasamano del sillón forrado de terciopelo verde. Nuevamente alguien grita en sus oídos palabras distantes, lo sacuden por los brazos; no comprende nada ni quiere abrir los ojos. Al fin, venciendo su pesadez de plomo, despega los párpados. De espaldas, tieso, el Astrólogo con la punta del zapato empuja la cintura de Bromberg sobre los riñones. Éste, desplomado sobre un charco de sangre, se estremece con las piernas encogidas y la cabeza derrumbada sobre una sien, en el suelo.
Barsut respira dificultosamente. La atmósfera del cuarto está caliente como la de un horno, e impregnada por la deflagración de la pólvora, de un intenso olor a pedo seco.
El Astrólogo vuelve la cabeza, y mirándolo a Barsut le dice:
—De buena nos libramos. Me ha salvado la vida, amigo Barsut.