Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Barsut se levanta pesadamente, turbios los ojos verdes. Se restriega los brazos, y mirando la parte alta del rostro del Astrólogo dice con tono de semidormido:
—Parece que está herido… —y al mismo tiempo evita de mirar al caÃdo.
El Astrólogo, enviserándose la frente con los dedos para mirar mejor a Bromberg, suelta una carcajada.
—¿Parece?… ¡Si las ha recibido todas en el cuerpo! ¿No ve que está muriéndose?
—Salgamos afuera. Me ahogo…
—Vamos. No le hará mal un poco de fresco…
El Astrólogo gira la llave de la lámpara y el cuarto queda a oscuras. Barsut, tambaleándose, llega hasta el rellano de la gradinata rodeada de palmeras, y se sienta en el primer escalón, la frente apoyada en una mano y el codo del brazo en la rodilla.
Alegremente locuaz comenta el Astrólogo:
—Esta vez Dios ha tenido en cuenta mi buena fe. Yo le dejé el revólver para que usted se sintiera más fuerte. QuerÃa que tomara la resolución que más conviniera a sus intereses.
Se sienta en el escalón junto a Barsut y continúa: