Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Barsut no contestó palabra. Descendió de un salto la escalinata y se internó entre los árboles. No avanzó muchos pasos, cuando tuvo que detenerse y apoyar el brazo en un tronco. Un sudor frío brotaba de su cuerpo. Se contrajo sobre sí mismo y vomitó. Ya más aliviado, se dirigió a la cochera. No había nadie allí. Entró al cuarto donde había vivido días tan singulares, encendió la vela, se inclinó sobre su baúl, y de entre los pliegues de una camisa sucia retiró sus documentos de identidad. Luego salió.
Caminaba despacio entre los árboles, cuyas ramas apartaba con el canto de las manos. Al pasar oblicuamente por el sendero que se curvaba junto a una higuera, distinguió arrodillado sobre una alfombra de hojas secas al farmacéutico Ergueta. Éste, inclinada la cabeza, las manos recogidas sobre el pecho, oraba en silencio, con la espalda plateada por la luz de la luna.
Un desaliento infinito pasó por su vida. Durante un instante envidió la locura del iluminado; apuró el paso, y cuando llegó frente a la casa el Astrólogo no estaba ya en la gradinata.
Vaciló si iría a saludarlo o no; luego se encogió de hombros y continuó caminando. La portezuela de la quinta estaba abierta. Respiró profundamente y salió a la calle. La vida le pareció una gracia nueva.