Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Ascendiendo por el espacio, la luna enfocaba ahora la gradinata donde conversaban los dos hombres. Desde allÃ, el crestado horizonte de árboles era un barroco relieve de negro humo sobre la loza azul del firmamento.
Barsut dijo:
—Bueno… Creo que con lo que ha pasado tiene usted suficiente, ¿no? Quiero irme.
—¿En qué piensa invertir ese dinero?
—No sé. Me iré a Estados Unidos.
—La idea no es mala. ¿Me guarda odio usted?
—Deseo irme cuanto antes de aquÃ.
—Perfectamente. Vaya a buscarse su dinero.
Entró Barsut, y el Astrólogo quedó solo en el rellano de la escalinata. Una expresión enigmática se pintaba en su rostro, grisáceo a la claridad lunar como una mongólica mascarilla de plomo.
Barsut salió, el dinero en una mano y la pistola en otra.
—Mis papeles de identidad están en la cochera.
El Astrólogo sonrió:
—Usted me habla, Barsut, como si temiera que yo me opusiera a su marcha. No, váyase tranquilo. Tengo mucho dinero a estas horas. Más del que se imagina.