Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Bromberg… ¡Pero es notable! Yo ignoraba que los gases se utilizaron en la guerra en tan alto porcentaje. Setenta por ciento de Cruz Azul en un ataque de contrabaterÃa… Es una enormidad. El explosivo queda reducido a nada.
—¿Y usted qué va a hacer?
—Irme.
—¿A dónde?
—¿Usted me acompañarÃa?
—No; pienso quedarme.
—Yo me voy muy lejos. Resuélvase.
—Está resuelto. Me quedo.
El Astrólogo lo envolvió en una mirada serena.
—¿Tiene pensada alguna barbaridad?
—No sé…
—Bueno —y el castrado se puso de pie—. Erdosain, váyase. Ahora necesito estar solo… Otra vez: ¿quiere acompañarme?
El pensamiento de Erdosain voló hacia la Bizca.
—Me quedo… Adiós.
Se miraron a los ojos, estrechándose fuertemente las manos. El Astrólogo comprendió que Erdosain habÃa ya trazado su destino, y no insistió. En Remo, en cambio, sobrevino en aquel instante una curiosidad inesperada. Dijo: