Los Lanzallamas

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Ella le mordía los brazos, semejante a un cachorro en sus juegos. Erdosain sabía dónde estaba su rostro por los soplos de viento que escapaban de aquellas fosas nasales.

Tristemente, la dejaba hacer. Comprendióse más huérfano que nunca en la terrible soledad de la casa de todos, y cerró los ojos con piedad por sí mismo. La vida se le escapaba por los dedos, como la electricidad por las puntas. En este desangramiento, Remo renunció a todo. En él apareció la aceptación de una muerte construida ya con la vida más espantosa que el verídico morir físico.

La mocita, horizontal, apegada a él, suspiró mimosa:

—¿Qué tenés, amor?

Ferozmente, Erdosain atrajo la cabeza de ella hacia él y la besó largamente. Estaba emocionado. Dos o tres veces miró hacia un rincón de tinieblas, como si temiera que allí hubiera alguien espiándole. Su corazón latía grandes golpes. Del fondo de sus entrañas brotaba un viento tan impetuoso, que al salir por la boca le arrastraba al alma.

Otra vez soslayó en la oscuridad el rincón invisible. Fue un minuto.


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