Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Retuvo un homicida rechinar de dientes, y de los maxilares la vibración ósea descendió por los tendones de los brazos hasta la raíz de las uñas. Rebotó la vibración, agolpándose en las articulaciones de los dedos, a semejanza del agua que no teniendo salida en una alberca refluye sobre sí misma.
En las tinieblas, la boca de ella prensó furiosamente sus labios. Erdosain permanecía inerte. La Bizca, como si estuviera encaramada en un banquillo, efectuaba un trabajo extraño de pasión, utilizando únicamente los labios. Erdosain la dejaba hacer. Una tristeza inmensa despertaba en él. Ante sus ojos se había clavado cierto antiguo crepúsculo de mostaza: la ventana de un comedor estaba abierta, y él, con ojos distraídos, miraba avanzar una raya amarilla de sol que doraba las manos sumamente pálidas de Elsa.
Nuevamente apretó el cabo de la pistola. Sentíase como un muerto entre los brazos de la jovencita. Ella ahondaba con la lezna de su lengua, en los repliegues de sus axilas, y Erdosain sentía la cálida vaharada de su aliento cuando apartaba la boca para besarle un distinto trozo de piel.
¡Todo aquello era inútil! Pero la jovencita no parecía comprender el singular estado de Erdosain. Su cuerpo pesado y caliente trajinaba en la oscuridad, y Remo tenía la sensación de estar enquistado en la pulpa ardiente de un monstruo gigantesco.