Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Entra al cuarto de baño y enciende la luz. Frente al lavatorio hay un espejo. El asesino, cerrando los ojos, lo descuelga del clavo. No quiere verse en ningún espejo. Tiene horror de sí mismo. Se lava cuidadosamente las manos. La palangana enlozada enrojece. Se seca a medias, y rápidamente se pone el cuello y la corbata, a tientas. Termina de calzarse y, con infinitas precauciones, después de apagar la luz del cuarto de baño, se dirige al dormitorio. Enciende un fósforo, porque no recuerda dónde puso el sombrero; lo toma y sale, dejando semientornada la puerta.
Son las cuatro y media de la mañana. Vacilando, se detiene en la esquina de Talcahuano y Corrientes. Las luces de las bocacalles resbalan por la superficie de sus ojos como imágenes de un filme apresurado. Camina apresuradamente hacia el Oeste, por la calle Cangallo. A las seis y media de la mañana llegó a Flores. Entró a una lechería. Sentóse sobre la silla, sin hacer un movimiento hasta las ocho de la mañana.
Cuando la raya amarilla de sol, que se deslizaba por el piso, llegó hasta su pie caletándole el cuero del zapato, salió de la lechería, dirigiéndose a mi casa. Permaneció allí tres días y dos noches. En ese intermedio me confesó todo.