Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Un terror gritante le anuda los nervios, trombas de aire escapan de su laringe seca como el crisol de un horno, el cuerpo se le atornilla sobre sí mismo en dos direcciones contrarias, su cerebro deja escapar por las fosas nasales un hedor de agua con la que se ha lavado carne.

El silencio guillotina los muros, las mamposterías; y él, postrado, con las córneas volcadas hacia lo alto de los párpados, se siente morir en un agotamiento de cloroformo. La vizcacha preñada surge en la mañana de sol que de través se ha infiltrado en la noche de aquella casa de perdición. ¡Y el palo de los hombres, los pelos erguidos y los esmaltados molares de los canes con el belfo arrugado en un frenesí de apetencia!

Cuatro espaciados toques de bronce se dilatan en la noche concéntricamente desde la torre de la iglesia de la Piedad. Erdosain tiembla de frío. En puntillas se acerca a la cama y coge una sábana que arroja sobre el cadáver tendido en el suelo. Se viste a oscuras. Rápidamente. Con los botines en las manos cruza el pasillo, donde un soslayo de claridad lunar revela puertas cerradas y persianas entornadas. La frialdad del piso de mosaicos le atraviesa las medias.



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