Los Lanzallamas
Los Lanzallamas El asesino permaneció un tiempo incontrolable acurrucado en su ángulo. Si algo pensó, jamás pudo recordarlo. De pronto, un detalle irrisorio se hizo visible en su memoria, y poniéndose de pie exclamó, irritado:
—¿Viste?… ¿Viste lo que te pasó por andar con la mano en la bragueta de los hombres? Estas son las consecuencias de la mala conducta. Perdiste la virginidad para siempre. ¿Te das cuenta? ¡Perdiste la virginidad! ¿No te da vergüenza? Y ahora Dios te castigó. SÃ, Dios, por no hacer caso de los consejos que te daban tus maestras.
Nuevamente Erdosain se acurruca en su rincón. Hay momentos en que le parece que va a echar el alma por la boca. Una franja de sol y de mañana aclara un instante su oscuridad demencial y las tinieblas del cuarto.
Se acuerda de una vizcacha preñada, cuya cueva inundada y vigilada por los perros estaba en su única salida custodiada de hombres armados de palos. En el fondo oscuro y rugoso percibe un trompón de foca con haces de bigotes, un vientre enorme de pelaje luciente, y luego la angustia humana de dos ojos aterrorizados, mientras los canes avizoran ardientes de jadeo y descubiertos los molares.