Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Creyó por un instante que ella se iba a caer; pero no, la moribunda se mantenía en equilibrio, y extraordinariamente tiesa. Sus ojos abiertos contemplaban el casquete azul del velador. Hilos de sangre se desprendían de su cabellera roja, corriéndole por las espaldas.
Erdosain se apoyó en el muro para no caer, y ella giró desconsoladamente la cabeza de derecha a izquierda, como si dijera:
—No, no, no.
Temblando, se acercó Erdosain, y creyendo que María podía escucharlo le habló:
—Acostate, chiquita, acostate.
La había tomado suavísimamente por los hombros, pero ella, obstinadamente, giraba la cabeza de derecha a izquierda con pena inenarrable.
El asesino sintió en ese momento en su interior que la muchachita le preguntaba:
—¿Por qué hiciste eso? ¿Qué mal te hice yo?
En silencio, la jovencita, con los labios entreabiertos, corriéndole sanguinolentas lágrimas por las mejillas, decía un “no” tan infinitamente triste con su movimiento terco, que Erdosain cayó de rodillas y le besó los pies. De pronto ella se dobló, y arrastrando el cable de la lámpara se desmoronó a un costado. Su cabeza chocó sordamente contra la alfombra, la lámpara se apagó, y ya no respiró más. Erdosain, a gatas, se arrastró hasta un rincón.