Los Lanzallamas

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En la almohada roja, la jovencita apoyaba la cabeza con la misma serenidad que si estuviera dormida. Incluso, en un momento dado, con la mano derecha se arañó ligeramente una fosa nasal, como si sintiera allí alguna comezón. Después dejó caer el brazo a lo largo del cuerpo y volvió la cara hacia la luz.

Una paz extraordinaria aquietaba las líneas de su semblante. Erdosain, para que no se enfriara, le cubrió las espaldas con una colcha. La moribunda respiraba con dificultad. De un vértice de los labios se le despegaba un hilo de sangre. En el suelo sentíase el sordo aplastamiento del gotear de una canilla.

Erdosain, semidesnudo, se puso precipitadamente el pantalón; luego movió la cabeza desolado.

—¡Qué cosa rara! Hace un momento estaba viva, y ahora no está. 

Terminaba de ponerse las medias, cuando de pronto ocurrió algo terrible. La muchachita con brusco movimiento encogió las piernas, sacándolas de abajo de las sábanas, y con el busto muy erguido se sentó a la orilla de la cama. Erdosain retrocedió espantado. Un seno de la jovencita estaba totalmente teñido de rojo, mientras que el otro azuleaba de marmóreo.


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