Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Erdosain se revuelve impaciente en su lecho. No le quedan fuerzas ni para respirar violentamente y bramar su pena. Una sensación de lámina metálica ciñe sus muñecas. Nerviosamente se frota los pulsos; le parece que los eslabones de una cadena acaban de aprisionarle las manos. Se revuelve despacio en la cama, cambia la posición de la almohada, entrelaza las manos por los dedos y se toma la nuca. La rueda de molino bombea inexorable en los ventrÃculos de su corazón la terrible pregunta que bambolea como un badajo en el triángulo de vacÃo de su pecho y se evapora en gas venenoso en la vejiga de sus sesos.
La cama le es insoportable. Se levanta, se frota los ojos con los puños; el vacÃo está en él, aunque él prefiere el sufrimiento al vacÃo.