Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Una vislumbre de la verdad asoma su cresta en él. Con o sin crimen, ahora padecería del mismo modo… Se detiene y dice moviendo la cabeza:
—Claro, sería lo mismo.
Sentado en la orilla de la cama observa las venas borrosas en la superficie de las alfajías y repite: “Evidentemente, estaría en el mismo estado”. Lo real es que hay en su entraña, escondido, un suceso más grave; no sabe en qué consiste, pero lo percibe como un innoble embrión que con los días se convertirá en un monstruoso feto. “Es un suceso”, pero de este suceso incognoscible y negro emana tal frialdad que de pronto se dice:
—Es necesario que aprenda a tirar. Algo va a suceder.
Revisa el revólver, estira el brazo en la oscuridad como si apuntara a un invisible enemigo. Luego guarda el revólver bajo la almohada y de un salto se encarama, sentándose a la orilla de la mesa. Bambolea las piernas, quiere ir a alguna parte, irse, olvidarse de que es él, Remo Augusto Erdosain, olvidarse de que tuvo mujer, fue abofeteado, olvidarse en absoluto de sí mismo, de que es él, y con desaliento deja caer la cabeza.