Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Diez centímetros cuadrados de un grabado en madera han pasado ante sus ojos. Es el recuerdo de la viñeta que ilustraba su libro de lectura cuando iba a la escuela ¡hace tantos años!: un artesano colocando tejas de plomo en un país que se llamaba Francia y tenía un río que se llamaba Sena. Eso, y además la pregunta del maestro: “Pero ¿usted es un imbécil?”, es todo lo que ha dejado la escuela en él.
Erdosain salta de la mesa. Una indignación terrible sacude sus miembros, hace temblar sus labios, le enciende los ojos. Le parece que el ultraje acaba de repetirse, y grita:
—¡Ah, canallas, canallas!… ¡Mi vida echada a perder, canallas!…
Por qué no habrá en la noche un camino abierto por el cual se pueda correr una eternidad alejándose de la tierra…
—¡Mi vida, canallas, echada a perder!…