Un subterráneo llamado Moebius
Un subterráneo llamado Moebius La desesperación crecía. El miedo a una colisión imposible, la incertidumbre sobre el destino de los pasajeros, y la incapacidad de controlar el sistema envolvían a todos en una atmósfera tensa y claustrofóbica. Los nudos en el tiempo se cerraban alrededor de la ciudad, mientras la sombra del metro devoraba cualquier esperanza de explicación sencilla.
Cinco días después de su desaparición, el tren 86 reapareció entre la Estación Central y Harvard, pero nada era como antes. Los pasajeros bajaron confundidos, con la mirada perdida y el tiempo quebrado en sus manos. Algunos sostenían periódicos fechados semanas atrás, otros no comprendían dónde ni cuándo habían estado. Gallagher, el conductor, parecía desconectado de la realidad, incapaz de dar respuestas coherentes.
Kelvin Whyte esperaba en el andén, atrapado entre el alivio y la inquietud. La reapertura del tren no trajo soluciones, sino una nueva capa de misterio. Tupelo, presente en la estación, intentó interrogar a los viajeros, buscando pistas en sus palabras atemporales, pero solo encontró fragmentos desconectados, ecos de una experiencia más allá de la lógica humana.
