La venganza de la Petra
La venganza de la Petra Al levantarse el telón aparece la alcoba en suave penumbra. Por los cristales de la puerta del fondo entra una tenue claridad como si en el comedor hubiese un balcón entornado que dejase llegar la luz del día. El señor Nicomedes, tapado hasta las narices, ronca en la cama. Silencio profundo. En la calle se escucha una voz muy lejana de una vendedora. ¡La botelleraaa!.. ¡Se compran botellas!... EI señor Nicomedes da una vuelta en la cama, saca una mano y la sacude violentamente en el aire como espantando un mosquito que zumba. Otra voz de mujer también muy distante: ¡Churros, Calientes!... ¡A cinco, que están calentitos!... ¡La churrera!... Pausa. Muy lejos y muy atenuados se oyen los campanillazos de aviso de un tranvía que pasa. Un vendedor pregonando: ¡Traaa... perooo! ¿Quién tiene trapo y hierro viejo que vender!.., ¡Traperooo... Otra pausa. De pronto, en la mesilla de noche, suena agudo, vibrante y escandaloso el timbre del despertador.