La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida El amanecer llegó envuelto en una neblina espesa que transformaba la isla en un espectro de lo que había sido. Miguel y los pocos sobrevivientes estaban listos, reunidos junto al muelle improvisado. Las cajas de provisiones y armas habían sido aseguradas en el pesquero que ahora se balanceaba con impaciencia contra las olas.
Nikos, con las manos ásperas y marcadas por las luchas recientes, se acercó a Miguel. —Estamos listos.
Miguel asintió. Su mirada se desvió hacia la isla, recorriendo cada roca, cada sombra. Aún podía sentir el eco de los disparos y los gritos, como si el lugar se resistiera a dejarlos ir.
—¿Estás seguro de que no quieres venir? —preguntó Nikos, señalando a Beaumont, que estaba sentado en la playa con la botella casi vacía entre las manos.
Miguel negó con la cabeza. —Él eligió quedarse. No puedo obligarlo.
Se acercó al inglés, que lo observó con una sonrisa amarga. —Supongo que este es el final del camino para mí —dijo Beaumont, levantando la botella en un gesto de despedida. —Siempre puedes cambiar de idea —respondió Miguel, aunque sabía que la decisión estaba tomada.