La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida El silencio que siguió fue ensordecedor. Miguel se quedó quieto, mirando el cuerpo de Katelios mientras el resto del grupo aseguraba el cobertizo. HabÃan ganado, pero la victoria sabÃa a cenizas.
Horas después, mientras el grupo reunÃa las provisiones y las armas restantes, Beaumont apareció junto a Miguel. Su rostro estaba marcado por el cansancio, pero en sus ojos habÃa un destello de algo más: respeto. —No pensé que fueras a lograrlo —dijo, encendiendo un cigarrillo. —Tampoco yo —respondió Miguel, sin apartar la vista de las olas.
Beaumont exhaló el humo con un suspiro. —¿Y ahora qué?
Miguel no respondió de inmediato. El futuro seguÃa siendo un enigma, pero sabÃa que la isla ya no podÃa retenerlos. —Nos iremos al amanecer. Hacia donde podamos.
El inglés asintió y se alejó, dejando a Miguel solo con sus pensamientos. Mientras la luz de la luna iluminaba la playa, Miguel se dio cuenta de que habÃa cruzado una lÃnea que nunca podrÃa desandar.
En el horizonte, el mar parecÃa llamarlo, vasto e implacable, prometiendo una libertad tan peligrosa como todo lo que habÃa dejado atrás.