La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Llegaron a la entrada trasera del cobertizo, donde Nikos y uno de los griegos colocaron explosivos improvisados. Miguel dio la señal, y la puerta estalló en un rugido que sacudió el silencio de la isla.
Dentro, el caos se desató. Los hombres de Katelios dispararon a ciegas, mientras Miguel y su grupo entraban en el cobertizo. La habitación se llenó de gritos, disparos y el olor acre de la pólvora. Miguel se movió con precisión, disparando solo cuando era necesario.
En medio del caos, encontró a Katelios. El rubio estaba de pie junto a una mesa volcada, con una escopeta en las manos y una expresión de pura furia en el rostro. —¡Así termina! —gritó Katelios, apuntando a Miguel.
Pero Miguel fue más rápido. Un disparo resonó, y Katelios cayó al suelo, su escopeta deslizándose de sus manos. Miguel se acercó lentamente, con el revólver aún apuntado.
—Siempre supiste que esto pasaría —dijo Miguel, su voz baja pero firme.
Katelios intentó reír, pero un torrente de sangre le salió de la boca. Con un último esfuerzo, levantó la cabeza y susurró: —Nunca entenderás…
Y entonces, se desplomó.