La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida El intercambio es frÃo, como si ambos estuvieran atrapados en un ritual sin emoción, una transacción que les roba algo más que tiempo. La mujer extiende su brazo, desnudando una piel marcada por agujas, y cierra los ojos mientras el médico prepara la dosis. Susurra una frase en griego, casi inaudible: Se perdió en el mar . Pero no hay respuesta, solo el leve zumbido del encendedor y la aguja que penetra en su carne.
A kilómetros de allÃ, Miguel Jordán camina por un puerto que huele a sal y aceite quemado. Es un hombre alto, fuerte, con una barba rubia que parece suavizar su expresión, aunque sus ojos azules delatan una gravedad que surge cuando menos se espera. Su andar, marcado por años de mareas y tormentas, encierra un propósito que lo mantiene en movimiento.
Su vida habÃa cambiado abruptamente el 18 de julio, cuando un curso militar improvisado lo convirtió en alférez de la Armada Nacional. Ahora, en el LÃbano, Miguel carga un saco al hombro, un revólver escondido entre la ropa, y un nombre falso: Miguel Tozer.
En la aduana lo espera un hombre gris en todos los sentidos: rostro anodino, traje sin forma, y una presencia que se disuelve entre las sombras. Su voz es igual de incolora, como si no tuviera lugar en el paisaje. —Bienvenido al LÃbano. —Gracias —responde Miguel, con un tono que delata más cautela que cortesÃa.
