La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida El hombre gris lo lleva al hotel Normandy, un lugar cómodo pero ajeno, donde Miguel apenas se da tiempo para cambiarse y esconder los documentos comprometedores bajo el colchón. Más tarde, en un café atestado de conversaciones en mil idiomas, su acompañante le ofrece un arak mientras detalla los próximos pasos de su misión.
—Llegará a la isla en un pesquero griego —dice, bajando la voz. Miguel se limita a asentir. Ha visto mapas y cartas náuticas, conoce el contorno de la isla como la palma de su mano, pero todavÃa no entiende por qué lo han elegido para esta tarea. —¿Y la tripulación? —Hombres duros, poco fiables. Tendrá que ganárselos.
Miguel bebe en silencio, observando cómo las últimas luces del dÃa se apagan sobre el puerto. El mundo parece estar al borde de un abismo insondable, y él es solo una pieza más en un tablero que no comprende. Sin embargo, en su interior arde una determinación férrea. No hay vuelta atrás.
Mientras se prepara para lo desconocido, siente el peso de algo más que el arma en su saco. Es el peso de un pasado que todavÃa no lo suelta y un futuro que promete arrebatarle lo que queda de él. Afuera, las olas rompen contra las piedras del puerto, como si susurraran secretos de naufragios y destinos perdidos.
