La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida El puerto de Beirut se despierta con un caos que a Miguel Jordán le resulta familiar: gritos en lenguas mezcladas, carretas que chirrÃan sobre las piedras y el olor penetrante de pescado que lo impregna todo. Miguel se mueve entre las sombras, ajustándose la chaqueta para ocultar la forma de su revólver. A su lado, el hombre gris lo guÃa con movimientos calculados, asegurándose de no llamar la atención.
—Allà está —dice el hombre, señalando una lancha motorizada amarrada al muelle.
Miguel la observa. No hay banderas ni distintivos, solo un casco maltrecho y redes de camuflaje que la hacen parecer inofensiva. Pero algo en la embarcación lo inquieta. Quizá sea el grupo de hombres que lo espera a bordo, cada uno de ellos con miradas duras y cicatrices que hablan de vidas peligrosas.
—¿Esos son los mÃos? —pregunta Miguel, entrecerrando los ojos. —Por ahora, sÃ.
Miguel sube al barco con pasos firmes, sintiendo que cada mirada lo evalúa, lo pesa. El capitán del pesquero, un griego macizo con barba entrecana, se acerca sin ofrecer la mano. —¿Hablas nuestro idioma? —pregunta en un griego brusco. —Desde niño —responde Miguel con calma.
