La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Eso parece satisfacer al hombre, que asiente antes de girarse hacia el resto de la tripulación. —¡Preparen la salida!
Mientras la lancha se aleja del puerto, Miguel se queda en la proa, observando cómo el horizonte de Beirut se desdibuja en la niebla matinal. Siente una mezcla de expectación y desasosiego, como si estuviera dejando atrás más que una ciudad.
—¿Sabes a dónde vas? —pregunta el capitán, rompiendo el silencio. —A una isla en las CÃcladas, cerca de Andros.
El capitán sonrÃe, pero no es una sonrisa amable. —Muchos han ido allÃ. Pocos regresan.
El comentario flota en el aire como un presagio. Miguel no responde, pero el peso de esas palabras se suma al saco que lleva en su hombro.
Horas después, la lancha atraca en un muelle improvisado en una playa rocosa. Miguel desciende con el saco al hombro, sintiendo el crujido de las piedras bajo sus botas. El lugar parece sacado de un sueño olvidado: una isla pequeña, desierta, con colinas cubiertas de matorrales y un mar que golpea las rocas con furia contenida.
