La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida En la orilla lo espera otro grupo. Entre ellos destaca un hombre de aspecto imponente, con cabello y barba rubios que brillan bajo el sol. Su voz, cuando habla, es tan grave como el retumbar del oleaje. —Miguel Jordán. Te esperábamos.
—Eso parece —responde Miguel, manteniendo la mirada firme.
El hombre asiente, como si ese intercambio le dijera todo lo que necesita saber. Sin más preámbulos, lo conduce hacia un cobertizo de madera donde los demás se reúnen. Adentro, el ambiente es tenso. Hay mapas extendidos sobre una mesa y cajas marcadas con sÃmbolos militares que dejan poco a la imaginación.
—Esta será tu base de operaciones —dice el hombre rubio—. Y ellos, tu equipo.
Miguel mira a su alrededor. Los rostros son tan variados como sus orÃgenes: un albanés, dos griegos, un libanés y un telegrafista inglés que parece más cómodo con una botella que con su equipo. Ninguno parece confiar en él, y la sensación es mutua.
—¿Cuál es mi rol aqu� —pregunta Miguel. —Hacer lo que sea necesario para mantener la operación en marcha.
La respuesta es deliberadamente ambigua, y Miguel lo sabe. Pero no insiste. Sabe que, en este lugar, las preguntas son armas de doble filo.