De sobremesa

De sobremesa

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Salieron del comedor, él adelante, ella atrás, y al volver la cabeza para que fuera mía otra mirada larga, pensativa y profunda de los grandes ojos azules, el brillo de éstos, la palidez exangüe y como luminosa del semblante y la esbeltez del cuerpo largo y delgado, les dieron a mis ojos, al verla, así, sobre el fondo negro que enmarcaba la puerta, el aspecto de una aparición.

Unos minutos después, al levantarme de la mesa, el brillo de un objeto caído al pie del asiento donde se había sentado, me hizo acercarme y recogerlo. Era un camafeo sobre cuyo fondo gris lo blanco del relieve forjaba una rama con tres hojas, y revoloteando sobre ellas, una mariposa con las alas abiertas. La piedra estaba montada en oro mate, en forma de broche y la joya, de una perfección insuperable de trabajo, se le había caído seguramente al quitarse el abrigo.

La guardé para entregársela al día siguiente y encontrar en la ocasión dada por la casualidad, un principio de relaciones, y salí a buscar en el registro de la portería los nombres de los singulares viajeros. Habían llegado hacía tres horas y había dicho él que pasarían dos días en el hotel al tomar el departamento marcado con el número 9, una gran sala con dos alcobas laterales, situado en el segundo piso y con vista sobre el jardín. Venían de Niza, no habían anotado el lugar adónde se dirigían y estaban inscritos con los nombres de Conde Roberto de Scilly y Helena de Scilly Dancourt.


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