De sobremesa
De sobremesa Volví a buscar las pupilas azules y sus miradas de misteriosa ternura me decían que consentía en mis sueños y una expresión de soberano amor esplendía de la pálida faz, vuelta hacia mí. Ante mi imaginación sobreexcitada y que había perdido la noción de la realidad, el oro de los cabellos sueltos, heridos por la luz de las bujías, revistió el brillo de una aureola que irradiaba sobre el fondo oscuro del comedor.
Al levantar los ojos verdosos del periódico que leía, el padre, dirigióle la palabra en italiano y rompió la fascinación. En las frases que en el mismo idioma le contestó ella, percibí los nombres de la Malloggia, de Silvaplana y de San Moritz entre las dulces sílabas cantantes de la lengua de Leopardi, que tomaban en su boca sonoridades de música.
—Sírvanos usted el café en el departamento —dijo al criado el hombre de la barba blanca, levantándose y pasándole el abrigo y ayudándole a fijar, con infinitas delicadezas como de madre, sobre los rizos castaños de la indómita cabellera la singular toca negra que atrajo mis miradas cuando entraron.