De sobremesa
De sobremesa Los recuerdos de mis liviandades pasadas desaparecieron ahuyentados por la luz, la fuente de aguas vivas brotó del peñasco árido, y las imágenes de un idilio se desarrollaron y vivieron en el fondo de mi espíritu. Sería en el fondo del bosque, donde la sombra de las ramas cae sobre la alfombra de hojas secas y rojizas y sobre el césped blando. Vestida de blanco, sentada en musgosa roca, yo arrodillado a sus pies, con la frente febril apoyada en sus rodillas, acariciarían mi cabeza sus largas manos pálidas, y la caricia derramaría en mí, no la fiebre voluptuosa del amor humano, sino la calma luminosa del amor divino. Con la voz ahogada le diría que la había buscado por largos años, que mis labios, quemados por los cálidos borgoñas y los champañas ardientes de las orgías de la Tierra, tenían sed de su amor infantil y puro, como del agua de una fuente oculta donde se copian los helechos y se refleja el cielo. Las estrofas dulcísimas de Fray Luis de León, subían de mi boca hacia ella como un cántico:
Alma divina, en velo.
De femeniles formas encerrada.
Cuando viniste al suelo.
Robaste de pasada
La celestial, riquísima morada.