De sobremesa
De sobremesa —Hombre —me dijo estrechándome la mano entre las suyas— he venido a verte tres veces y no lo he conseguido… ¿Ha sido grave el mal? Estás horriblemente desfigurado y pálido y tienes un aire de crápula, que a no conocerte me haría pensar horrores de ti —agregó familiarmente y después de conversar conmigo y media hora en el cuarto de fumar, donde dos yanquis atléticos y sanguíneos infectaban el aire con el humo de sus cigarrillos de Virginia y se envenenaban sistemáticamente con whisky, oloroso a petróleo, me obligó a vestirme y a acompañarlo a una conferencia de historia que daba esa noche una notabilidad local. Puso en su empeño para llevarme, la dulzura grave de un hermano que quiere arrancar a otro de dolorosas ideas por medio de una distracción impuesta casi. Indudablemente con su perspicacia de fisonomista nato, me leyó en la cara los estragos del opio.