De sobremesa

De sobremesa

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Al volver a pie al hotel, con una medianoche espléndida, constelada de estrellas, entre cuyo cielo brillaba la Luna en su último cuarto, como una joya de plata sobre un estuche de raso negro, los follajes de los árboles, que se mecían al soplo del viento, las aguas del lago, con sus transparencias profundas donde temblaban reflejos de astros, eran un cuadro digno del sentimiento nuevo que llenaba todo mi ser y me hacía volver a los puros y lejanos días de mi adolescencia. La mirada de las pupilas azules, radiosas en la fisonomía mortalmente pálida que enmarcaban los rizosos cabellos castaños iluminaba mi espíritu. Soñando en ella salvé la puerta de hierro de la verja del hotel y, temiendo el insomnio seguro en mi lecho, comencé a pasearme por el jardín. La vegetación oscura manchada de blanco aquí y allí por las flores abiertas olía, como un frasco de esencia rara, brillaban arriba las estrellas, y, en la quietud de la medianoche, se oía el silencio. De repente al levantar la cabeza para ver el cielo al través de los árboles que extendían contra él las masas negras de sus ramazones, vi iluminado en la fachada, uno de los balcones del segundo piso, con los cristales abiertos, y las cortinas blancas caídas. Una larga sombra de mujer, como envuelta en un manto que le cayera de la cabeza sobre los hombros, se destacaba confusa sobre la blancura de niebla del transparente. Era Ella: era ésa la alcoba de la izquierda del departamento número 9. Seguramente el padre dormía ya, en la de la derecha donde no había luz.


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